15 de febr. 2013

La Sarriana

Sabugos es una diminuta aldea gallega formada por cinco casas mal contadas. Un lugar remoto que tus pies no pisarán a menos que decidas escaparte allí o te desorientes mientras haces los primeros kilómetros del Camino de Santiago en tierras lucenses. El pueblo es precioso. Bucólico. Incrustado al fondo de un valle y rodeado por verdes prados donde pacen vacas de raza rubia gallega. Una fortaleza natural que les permite mantenerse un escalón por debajo en la revolución tecnológica. Cuando los móviles se convirtieron en herramienta inseparable de los habitantes de las grandes ciudades, a Sabugos llegó el teléfono. Uno en toda la aldea, con cuentapasos que calculaba lo que cada vecino gastaba. La televisión también llegó tarde, a mediados de los 90, con el auge del SuperDepor. Un equipo gallego que ganaba muchos partidos por 1 a 0, y que en Sabugos tardaron en comprender que las repeticiones no subían al marcador. "¡Se pasan todo el partido sin marcar y ahora en un minuto hacen 4 goles!" clamaban los más ancianos.

Para entonces, Sergio era el más joven de Sabugos. A sus 8 años se pasaba el día pateando el balón que sus tíos afincados en Barcelona le compraron el verano anterior. Con un par de vecinos montaban partidos improvisados mientras con el rabillo del ojo controlaban a sus vacadas. Eran terrenos impracticables, con pendientes de vértigo y hierbajos que les cubrían las rodillas. Pero allí echaban las tardes. Hasta que llegaba el fin de semana. Un tío de Sergio vivía relativamente cerca de Sabugos. En Sarria, una ciudad que a ojos del benjamín de la aldea parecía Nueva York. Los domingos por la tarde, la familia se reunía allí para comer. Cuando llegaba la hora de los cafés, Sergio buscaba refugio en la mirada de su tío que se levantaba de la silla y le cogía de la mano. Casi clandestinamente abandonaban el banquete para escaparse al campo de la Sarriana, un modesto equipo de la regional gallega.

Allí el pequeño disfrutaba del placer de ver fútbol. Jugadores mayores, uniformados en un campo llano con un balón reglamentario. Una realidad que parecía sueño. Sergio se acurrucaba en el césped detrás de la portería y seguía los partidos desde la óptica del portero. Fascinado. Esperando el pitido final de los primeros 45 minutos para saltar al césped y chutar su balón mientras sus ídolos se tomaban un respiro. Emulaba el gol de Carvallo, el pase de Freixo o el regate de Raposo. Eran los nombres de los jugadores de la Sarriana. Cercanos y a la vez lejanos. En las segundas partes prestaba más atención. Sabía que en aquellos 45 minutos restantes se decidía el partido. Y él aguardaba impaciente los goles de su equipo. La experiencia le enseñó que después de ganar, sus ídolos sonreían, se le acercaban y le hacían bromas. Le removían el pelo y le animaban a seguir jugando. "Serás el futuro delantero de la Sarriana". A Sergio aquello le sonrojaba y a la vez le hacía feliz. El domingo era su día preferido.

Viendo la creciente afición del niño por el fútbol, uno de sus familiares afincados en Barcelona decidió llevárselo a visitar la capital catalana unos días. La boca de Sergio tardó en cerrarse los primeros días. Monumentos inimaginables, edificios rarísimos, playa... Demasiadas novedades al unísono. Y llegó el domingo. Uno de los primos mayores le dijo "Hoy no verás a la Sarriana, pero te vamos a llevar a ver el Barça. Te gustará más.". La promesa parecía irreal. ¿Mejor que la Sarriana? Imposible.

Llegaron a los aledaños del Camp Nou, y Sergio parecía desorientado. Buscaba un campo de fútbol y no veía ninguno. Sus primos lo miraban y empezaron a reír. Cuando el pequeño pidió si podría ver el partido detrás de la portería, tumbado en el césped, las carcajadas se multiplicaron a su alrededor. Estaban ya entrando en el estadio y Sergio pronto se dio cuenta de la magnitud de todo aquello. Millares de aficionados y una estructura inmensa de hormigón. Y hormiguitas sobre el césped. Eran los jugadores. Estaba tan lejos de ellos que apenas los podía identificar. No le hacía falta, tampoco conocía a ninguno. El partido transcurrió sin mucha emoción debido a la superioridad del Barça que ganó por 4 a 0.

Pero Sergio no sonreía. No pudo ver el partido desde el césped. No identificó a ninguno de sus ídolos. En el descanso le dijeron que no podía bajar al terreno de juego a chutar. Ningún jugador le tocó el pelo ni bromeó con él. Echaba de menos la Sarriana y deseaba con todas sus fuerzas volver a su tierra para disfrutar del equipo de sus amores.

"Estos del Barça son muy buenos, pero a mi me gusta más mi Sarriana."


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